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La novena que nadie me enseñó, pero que nunca olvidé

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Diciembre, memoria y una pregunta que vuelve

Novena en Colombia

En Colombia, diciembre siempre suena igual, desde los inolvidable jingles de comerciales en radio, hasta las canciones que se comienzan a escuchar desde noviembre, las voces leyendo los gozos medio desordenadas, una pandereta que no va al ritmo, niños corriendo alrededor del pesebre y, al final, el olor inevitable de la natilla y los buñuelos. En muchas casas —sobre todo donde hay niños— la novena no se discute: simplemente se hace, como si viniera incluida con el calendario.

Cuando era pequeño, diciembre también significaba madrugar. Durante la novena, había días en los que nos levantábamos alrededor de las cuatro de la mañana para ir a la iglesia del barrio. Mi hermano y yo íbamos primero, todavía medio dormidos, a separar puesto. La idea era llegar temprano, sentarnos bien adelante y guardar el lugar para que mi mamá llegara un rato después. Eso era parte de la tradición, ir a la misa de aguinaldos.

Muchos años después, la pregunta volvió, pero desde otro lugar. Ayer estuve en una novena con mis hijos y me quedé mirándolos mientras mis hijos y algunos otros niños intentaban leer las oraciones, trabándose en algunas palabras, y cantaban los villancicos al final. Y entonces noté algo que me llamó mucho la atención: todos los papás que estábamos ahí nos sabíamos las oraciones y las canciones de memoria. No leíamos, simplemente las decíamos, les ayudábamos a los niños a terminar las palabras que no lograban leer, casi sin pensarlo.

Ahí fue cuando caí en cuenta de algo raro y bonito a la vez: estas oraciones y canciones solo se repiten una vez al año, durante nueve días. Aun así, no se olvidan, se quedan, pasan de generación en generación.

Y de ahí salió la pregunta que dio origen a este texto: ¿cómo se popularizó una tradición así? ¿Cómo un texto religioso terminó metido tan hondo en la memoria colectiva de un país entero?

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Un origen que no es tan colombiano como creemos

Aunque hoy sentimos la Novena de Aguinaldos como algo profundamente colombiano, su origen es más amplio y más antiguo. En realidad, es el resultado de un proceso largo, con aportes de distintas personas y contextos.

Un fraile, un encargo y un texto solemne

La primera versión de la novena fue escrita por Fray Fernando de Jesús Larrea, un fraile franciscano nacido en Quito en 1700, que pasó buena parte de su vida predicando en lo que hoy es Colombia: Popayán, Cali y Bogotá.

El texto nació por encargo. Clemencia de Jesús Caycedo, fundadora del colegio La Enseñanza en Bogotá, le pidió que escribiera un texto para acompañar espiritualmente los días previos a la Navidad. Fray Fernando lo escribió alrededor de 1743 y, aunque hoy no lo parezca, esa primera versión era mucho más larga, más formal y mucho más teológica que la que conocemos.

La primera edición impresa apareció en 1784, en la Imprenta Real de Santa Fe de Bogotá. En ese momento, la novena estaba pensada más para conventos e instituciones religiosas que para familias reunidas en la sala de la casa.

La mujer que la volvió cercana

La novena que rezamos hoy no es exactamente la de Fray Fernando. A finales del siglo XIX, una religiosa bogotana llamada Bertilda Samper Acosta, conocida como la Madre María Ignacia, tomó ese texto y lo transformó.

Ella no solo actualizó el lenguaje y acortó las oraciones. Su aporte clave fueron los Gozos, esos versos que casi todos los colombianos sabemos cantar, incluso sin darnos cuenta de cuándo los aprendimos.

Gracias a esa adaptación, publicada hacia 1910, la novena dejó de sentirse lejana y solemne y empezó a ser algo mucho más cercano, más fácil de repetir y de compartir.

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De la iglesia a la sala de la casa

La novena no se volvió popular solo por el texto. Se volvió popular porque encajó perfecto en la vida cotidiana.

No necesita sacerdote. No necesita grandes preparativos. Cualquiera puede leerla. Eso permitió que saliera de la iglesia y se metiera en las casas, en los colegios, en los barrios y hasta en las oficinas.

El centro dejó de ser el altar y pasó a ser el pesebre, muchas veces armado con más cariño que exactitud histórica.

La música y la comida hicieron el resto

Los gozos, al estar escritos en verso y con rima, se aprenden casi sin esfuerzo. Y lo que se aprende, se canta. Y lo que se canta, se acompaña. Así llegaron las panderetas, las maracas, los villancicos y el desorden alegre de diciembre.

Y después, la comida. El aguinaldo dejó de ser solo espiritual y se volvió literal. Natilla, buñuelos, hojuelas. La novena terminó siendo una excusa perfecta para reunirse, incluso para quienes no se consideran particularmente religiosos.

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Las posadas mexicanas y un ancestro común

Si todo esto recuerda a las posadas mexicanas, no es casualidad. Ambas tradiciones vienen de un mismo origen: las Misas de Aguinaldo.

En 1587, un fraile agustino llamado Fray Diego de Soria pidió permiso al Papa Sixto V para celebrar misas especiales, muy temprano en la mañana, durante los nueve días previos a la Navidad. El objetivo era competir con las fiestas indígenas que se celebraban en esas fechas y atraer a la gente a la liturgia cristiana.

Ese permiso fue un privilegio especial: durante esos días se permitía música, instrumentos y un ambiente festivo, algo que normalmente no ocurría en el Adviento.

Con el tiempo, cada región tomó ese mismo origen y lo adaptó a su manera:

  • En México, la tradición se volvió procesión, calle, teatro y piñatas: las posadas.
  • En Colombia, se quedó en el texto, la lectura y la reunión en casa: la Novena de Aguinaldos.

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Una tradición que se aprende sin darse cuenta

Después de ver a mis hijos en la novena, entendí algo que no había pensado con claridad antes. Nadie nos sentó nunca a memorizar esas oraciones. Nadie nos explicó su origen cuando éramos niños. Simplemente estuvieron ahí, todos los diciembres, repitiéndose una y otra vez, hasta que se quedaron grabadas.

Hoy me descubro a mí mismo completando frases sin leer, corrigiendo una palabra, marcando el ritmo del gozo, exactamente como lo hacían los adultos cuando yo era niño. Y ahí es donde todo se conecta: el niño que madrugaba para separar puesto en la iglesia y el papá que ahora acompaña a sus hijos mientras leen, cantan y se equivocan.

Por eso creo que estas tradiciones importan. No solo por lo que dicen, ni siquiera solo por lo que rezan, sino por lo que construyen. Porque crean recuerdos compartidos, una memoria común, una forma de sentirse parte de algo más grande que uno mismo.

Seguir haciendo la novena con mis hijos es, en el fondo, una forma de decirles quiénes somos y de dónde venimos. Es pasarles algo que no se aprende en el colegio ni se explica con facilidad: una manera muy nuestra de vivir diciembre, de reunirnos, de cantar desafinados y de cerrar la noche con buñuelos.

Tal vez ellos, dentro de muchos años, no recuerden todos los detalles. Pero ojalá recuerden la sensación. Y ojalá, cuando llegue diciembre, repitan el ritual casi sin pensarlo, como lo hacemos hoy.

Porque en esas repeticiones sencillas —nueve noches al año— también se va formando eso que llamamos identidad. Y, al menos para mí, seguir con la novena es una manera silenciosa pero firme de ayudarles a crecer siendo, sin duda, muy colombianos.

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