Cuento corto: La última pregunta por Isaac Asimov

The Last QuestionDecir algo acerca de este cuento corto (alrededor de 4000 palabras en ingles) de Asimov sin dar detalles es creo yo imposible pero debo decir que me encanto!, el mismo Asimov expreso en varias oportunidades su predilección por este cuento. Soy fan de Isaac Asimov y su saga de La Fundación, la disfrute hasta la última palabra pero este cuento es otra cosa, simplemente genial. No toma mas de 30 minutos leerlo así que se lo recomiendo a todo el que guste de este genero de Ciencia Ficción y se enteraran en las últimas líneas de la respuesta a esta pregunta:
How can entropy be reversed?

Cuento corto: La última pregunta por Isaac Asimov

Festival: Entre cuentos y flores (2009)

vivapalabra En el marco de la feria de las flores tuve la oportunidad de ir a “Entre cuentos y Flores” que es un festival internacional de cuentería organizado dentro de la feria por la Corporación Cultural VivaPalabra.

Por definición el Festival es:

Una semana de cuentos desde todo el mundo, una fiesta de historias y palabras, una ventana al mundo, un encantamiento con palabras

En la sesión a la que asistí se presentaron 14 cuentos de diferentes cuenteros tanto locales como invitados.

Aprovecho para aplaudir la labor cultural que realiza Corporación VivaPalabra al promover el arte de la narración oral mediante este tipo de eventos.

Festival: Entre cuentos y flores (2009)

Una anécdota de Einstein

Einstein-200x280Se cuenta que en los años 20 del siglo XX, cuando Albert Einstein empezaba a ser conocido por la difusión de Teoría de la Relatividad, en aquella época, su presencia como conferenciante era muy solicitada en los círculos universitarios. A Einstein no le gustaba conducir y como necesitaba un vehículo para trasladarse de un lugar a otro, contrató un chofer. Después de algunos días de viaje, Einstein comentó a su chofer lo mucho que se aburría repitiendo lo mismo una y otra vez. El chofer sorpresivamente le dijo: Mi señor, si usted quiere yo le sustituyo esta noche. He oído tantas veces esa conferencia que sería capaz de repetirla desde la primera hasta la última palabra. Einstein aceptó aquella atrevida propuesta y, antes de llegar al lugar de destino, se cambiaron de ropa y Einstein se puso al volante. Llegaron a la sala de conferencias y, dado que en aquella época no eran habituales fotos en periódicos o revistas, y ninguno de los presentes lo conocía personalmente, el chofer lo sustituyó en la tarima. Tras la presentación formal, el chofer fue al podio y dictó aquella conferencia que tantas veces había oído pronunciar al gran genio de la ciencia. Al terminar, uno de los profesores que asistían de oyentes le formuló una pregunta. El chofer no tenía la menor idea de cual era la respuesta, pero reaccionó con el ingenio que lo caracterizaba y dijo: Esa pregunta que usted me hace es tan sencilla que dejaré que mi chofer, ese señor que está sentado al final de la sala, sea quien se la responda.

Aunque no pude encontrar si esta anécdota es cierta, no deja de ser divertida.

Enlaces:

http://enzodavid.wordpress.com/2007/08/30/einstein-y-sus-cosas/

Una anécdota de Einstein

Tengan cuidado con lo que le piden a las ánimas

En Santander (Colombia) es una zona muy dada a creer en cuentos, historias de brujas y espantos, ánimas y demás, y la cultura popular propaga muchas creencias. Pues hace unas semanas estuve en Bucaramanga y como siempre que voy fuimos a buscar a Ella para llevarla a comer a algún restaurante. Ella es como mi abuela (en Santander le decimos nonos a los abuelos) y mis hermanos y yo la queremos mucho porque de cierta forma ayudo a criarnos cuando eramos pequeños. De ida para el restaurante Ellita nos contó una historia acerca de “las ánimas“, y para quien no sabe que son aquí les dejo un aparte sacado de aquí, que cuenta su significado:

Dios creó los seres humanos para que disfruten de su Creador viéndole en la Gloria. Sin embargo, nada manchado puede entrar en el Cielo; por lo cual, quienes no sean perfectos deberán purificarse antes de ser admitidos en la presencia de Dios. La Iglesia enseña la existencia del Purgatorio, en donde las almas de los justos que mueren con mancha de pecado se purifican expiando sus faltas antes de ser admitidas en el Cielo. Entre tanto pueden recibir ayuda de los fieles que viven en la tierra.

… Debemos animarnos a invocar su ayuda con la confianza de que ellas nos escuchan. Entienden perfectamente nuestras necesidades, por que las experimentaron y porque están agradecidas a las oraciones, sacrificios y santas Misas que ofrecemos por ellas.

Sabiendo ya que son “las ánimas” les dejo el cuento, el video no esta de buena calidad porque fue bastante improvisado, lo tome con el celular mientras íbamos en el auto hacia el restaurante por lo que esta un poco movido y es un poco largo (4m 27seg) pero creo que esta bien para entender la historia y vale la pena que lo vean todo.

Que creen ustedes?

Tengan cuidado con lo que le piden a las ánimas

El Valor de la mujer

No pude averiguar el autor.

Cuenta la leyenda que al principio del mundo,
cuando Dios decidió crear a la mujer,
encontró que había agotado todos los materiales
sólidos en el hombre y no tenía más de que disponer.
Ante este dilema y después de profunda meditación, hizo esto:

Tomo la redondez de la luna; las suaves curvas de las olas,
la tierna adhesión de la enredadera,
el trémulo movimiento de las hojas,
la esbeltez de la palmera,
el tinte delicado de las flores,
la amorosa mirada del ciervo,
la alegría del sol, y las gotas del llanto de las nubes,
la inconstancia del viento y la fidelidad del perro,
la timidez de la tórtola y la vanidad del pavorreal,
la suavidad de la pluma de un cisne y la dureza del diamante,
la dulzura de la paloma y la crueldad del tigre,
el ardor del fuego y la frialdad de la nieve.
Mezclo tan desiguales ingredientes, formo a la mujer y se la dio al hombre.

Después de una semana, vino el hombre y le dijo:
Señor, la criatura que me diste me hace desdichado,
quiere toda mi atención, nunca me deja solo,
charla incesantemente, llora sin motivo,
parece que se divierte al hacerme sufrir y vengo a devolvértela porque no puedo vivir con ella!

Bien, contesto Dios y tomo a la mujer.

Paso otra semana, volvió el hombre y le dijo:
Señor, me encuentro muy solo desde que te devolví
a la criatura que hiciste para mi;
ella cantaba y jugaba a mi lado,
me miraba con ternura y su mirada era una caricia,
reía y su risa era música,
era hermosa a la vista y suave al contacto.
Me cuidaba y protegía cuando lo necesitaba,
me daba dulzura, ternura,
comprensión y amor sin condiciones,
por favor Dios, devuélvemela,
porque no puedo vivir sin ella!

Ya veo, dijo Dios, ahora valoras sus cualidades,
eso me alegra mucho, claro que puedes tenerla de nuevo,
fue creada para ti, pero no olvides cuidarla,
amarla, respetarla y protegerla,
porque de no hacerlo,
corres el riesgo de quedarte de nuevo sin ella.

El Valor de la mujer

Cazador de crepúsculos

por JULIO CORTÁZAR. “Un tal Lucas”
Si yo fuera cineasta me dedicaría a cazar crepúsculos. Todo lo tengo estudiado menos el capital necesario para la safari, porque un crepúsculo no se deja cazar así nomás, quiero decir que a veces empieza poquita cosa y justo cuando se lo abandona le salen todas las plumas, o inversamente es un despilfarro cromático y de golpe se nos queda como un loro enjabonado, y en los dos casos se supone una cámara con buena película de color, gastos de viaje y pernoctaciones previas, vigilancia del cielo y elección del horizonte más propicio, cosas nada baratas. De todas maneras creo que si fuera cineasta tendría las mismas exigencias que con la palabra, las mujeres o la geopolítica.

No es así y me consuelo imaginando el crepúsculo ya cazado, durmiendo en su larguísima espiral enlatada. Mi plan: no solamente la caza, sino la restitución del crepúsculo a mis semejantes que poco saben de ellos, quiero decir la gente de la ciudad que ve ponerse el sol, si lo ve, detrás del edificio de correos, de los departamentos de enfrente o en un subhorizonte de antenas de televisión y faroles de alumbrado. La película sería muda, o con una banda sonora que registrara solamente los sonidos contemporáneos del crepúsculo filmado, probablemente algún ladrido de perro o zumbidos de moscardones, con suerte una campanita de oveja o un golpe de ola si el crepúsculo fuera marino.

Por experiencia y reloj pulsera sé que un buen crepúsculo no va más allá de veinte minutos entre el clímax y el anticlímax, dos cosas que eliminaría para dejar tan sólo su lento juego interno, su calidoscopio de imperceptibles mutaciones; se tendría así una película de ésas que llaman documentales y que se pasan antes de Brigitte Bardot mientras la gente se va acomodando y mira la pantalla como si todavía estuviera en el ómnibus o en el subte. Mi película tendría una leyenda impresa (acaso una voz off) dentro de estas líneas: “Lo que va a verse es el crepúsculo del 7 de junio de 1976, filmado en X con película M y con cámara fija, sin interrupción durante Z minutos. El público queda informado de que fuera del crepúsculo no sucede absolutamente nada, por lo cual se le aconseja proceder como si estuviera en su casa y hacer lo que se le dé la santa gana; por ejemplo, mirar el crepúsculo, darle la espalda, hablar con los demás, pasearse, etc. Lamentamos no poder sugerirle que fume, cosa siempre tan hermosa a la hora del crepúsculo, pero las condiciones medievales de las salas cinematográficas requieren, como se sabe, la prohibición de este excelente hábito. En cambio no está vedado tomarse un buen trago del frasquito de bolsillo que el distribuidor de la película vende en el foyer”.

Imposible predecir el destino de mi película, la gente va al cine para olvidarse de sí misma, y un crepúsculo tiende precisamente a lo contrario, es la hora en que acaso nos vemos un poco más al desnudo, a mí en todo caso me pasa, y es penoso y útil; tal vez que otros también aprovechen, nunca se sabe.

Cazador de crepúsculos

Acerca de la miseria

Recorde y quise poner aquí este cuento que siempre me gusto y que leí hace muchísimo tiempo en un libro de Antonio Ricardo Güiraldes llamado “Don Segundo Sombra”.

Esto era en tiempo de nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles.

Nuestro Señor, que asigún dicen jue el creador de la bondá, sabía andar de pueblo en pueblo y de rancho en rancho, por Tierra Santa, enseñando el Evangelio y curando con palabras. En estos viajes, lo llevaba de asistente a San Pedro, al que lo quería muy mucho, por creyente y servicial.

Cuentan que en uno de esos viajes, que por demás veces eran duros como los del resero, como jueran por llegar a un pueblo, a la mula en que iba nuestro Señor, se le perdió una herradura y dentró a manquiar.

Fijate -le dijo nuestro Señor a San Pedro- si no ves una herrería, que ya estamos dentrando al poblao.

San Pedro, que iba mirando con atención, divisó un rancho viejo de paredes rajadas, que tenía encima de la puerta un letrero que decía: ‘ERRERÍA’. Sobre el pucho, se lo contó al Maistro y pararon delante del corralón.

Ave María -gritaron. Y junto con un cuzquito ladrador, salió un anciano harapiento que los convidó a pasar.

Güenas tardes -dijo Nuestro Señor-. ¿Podrías herrar mi mula que ha perdido la herradura de una mano?

-Apiensén y pasen adelante -contestó el viejo-. Voy a ver si puedo servirlos.

Cuando, ya en la pieza, se acomodaron sobre unas sillas de patas quebradas y torcidas, Nuestro Señor le preguntó al herrero:

-¿Y cuál es tu nombre?

-Me llaman Miseria -respondió el viejo, y se jue a buscar lo necesario pa servir a los forasteros.

Con mucha pasencia anduvo este servidor de Dios, olfateando en sus cajones y sus bolsas, sin hallar nada. Acobardao iba a golverse pa pedir disculpa a los que estaban esperando, cuando regolviendo con la bota un montón de basuras y desperdicios, vido una argolla de plata, grandota.

-¿Qué haceh’aquí vos? -le dijo, y recogiéndola se jue pa donde estaba la fragua, prendió el juego, reditió la argolla, hizo a martillo una herradura y se la puso a la mulita de Nuestro Señor. ¡Viejo sagaz y ladino!

-¿Cuánto te debemos, güen hombre? -preguntó Nuestro Señor.

Miseria lo miró bien de arriba abajo y, cuando concluyó de filiarlo, le dijo:

-Por lo que veo, ustedes son tan pobres como yo. ¿Qué diantre les vi a cobrar? Vayan en paz por el mundo, que algún día tal vez Dios me lo tenga en cuenta.

-Así sea -dijo Nuestro Señor y, después de haberse despedido, montaron los forasteros en sus mulas y salieron al sobrepaso.

Cuando iban ya retiraditos, le dice a Jesús este San Pedro, que debía ser medio lerdo:

-Verdá, Señor que somos desagradecidos. Este pobre hombre nos ha herrao la mula con una herradura’e plata, no noh’a cobrao nada por más que es repobre, y nohotros los vamos sin darle siquiera una prenda de amistá.

-Decís bien -contestó Nuestro Señor-.Volvamos hasta su casa pa concederle tres gracias, que él elegirá a su gusto.

Cuando Miseria los vido llegar de vuelta, creyó que se había desprendido la herradura y los hizo pasar como endenantes. Nuestro Señor le dijo a qué() venían y el hombre lo miró de soslayo, medio con ganitas de rairse, medio con ganitas de disparar.

-Pensá bien -dijo Nuestro Señor- antes de hacer tu pedido.

San Pedro, que se había acomodao atrás de Miseria, le sopló:

-Pedí el Paraíso.

-Cayate viejo -le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor:

-Quiero que el que se siente en mi silla, no se pueda levantar della sin mi permiso.

-Concedido -dijo Nuestro Señor-. ¿A ver la segunda gracia? Pensala con cuidao.

-Pedí el Paraíso -golvió a soplarle de atrás San Pedro.

-Cayate viejo metido -le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor:

-Quiero que el que suba a mis nogales, no se pueda bajar dellos sin mi permiso.

-Concedido -dijo Nuestro Señor-. Y aura, la tercera y última gracia. No te apurés.

¡Pedí el Paraíso, porfiao! -le sopló de atrás San Pedro.

-¿Te quedrás callar viejo idiota? -le contestó Miseria enojao, pa después decirle a Nuestro Señor:

-Quiero que el que se meta en mi tabaquera no pueda salir sin mi permiso.

-Concedido -dijo Nuestro Señor y, después de despedirse se jue.

Ni bien Miseria quedó solo, comenzó a cavilar y, poco a poco, jue dentrándole rabia de no haber sabido sacar más ventaja de las tres gracias concedidas.

También, seré sonso -gritó, tirando contra el suelo el chambergo-. Lo que es, si aurita mesmo se presentara el demonio, le daría mi alma con tal de poderle pedir veinte años de vida y plata a discreción.

En ese mesmo momento, se presentó a la puerta’el rancho un caballero que le dijo:

-Si querés, Miseria, yo te puedo presentar un contrato, dándote lo que pedís.

Y ya sacó un rollo de papel con escrituras y numeritos, lo más bien acondicionao, que traiba en el bolsillo. Y allí las leyeron juntos a las letras y, estando conformes en el trato, firmaron los dos con mucho pulso, arriba de un sello que traiba el rollo.»

-¡Reventó la yegua el lazo! -comenté.

-Aura verás, dejáte estar callao pa aprender como sigue el cuento.

-Ni bien el Diablo se jue y Miseria quedó solo, tantió la bolsa de oro que le había dejao Mandinga, se miró en el bañadero de los patos, donde vido que estaba mozo, y se jue al pueblo pa comprar ropa, pidió pieza en la fonda como Señor, y durmió esa noche contento.

¡Amigo!, había de ver como cambió la vida deste hombre. Terció con príncipes y gobernadores y alcaldes, jugaba como nenguno en las carreras, viajó por todo el mundo, tuvo trato con hijas de Reyes y Marqueses…

Pero, bien dicen que pronto se pasan los años cuando se emplean de este modo, de suerte que se cumplió el año vegísimo y, en un momento casual, en que Miseria había venido a rairse de su rancho, se presentó el diablo con el nombre del caballero Lilí, como vez pasada, y peló el contrato pa exigir que se le pagara lo convenido.

Miseria, que era hombre honrao, aunque medio tristón, le dijo a Lilí que lo esperara, que iba a lavarse y ponerse güena ropa pa presentarse al Infierno, como era debido. Así lo hizo, pensando que al fin todo laso se corta y que su felicidá había terminao.

Al golver lo halló a Lilí, sentao en su silla, aguardando con pasencia.

-Ya estoy acomodao -le dijo-, ¿vamos yendo?

-¡Cómo hemos de irnos -contestó Lilí- si estoy pegao en esta silla como por un encanto!

Miseria se acordó de las virtudes que le había concedido el hombre’e la mula y le dentró una risa tremenda.

-¡Enderezate pues maula, si sos diablo! le dijo a Lilí.

Al ñudo este hizo bellaquear la silla. No pudo alzarse ni un chiquito y sudaba, mirándolo a Miseria.

-Entonces -le dijo el que jue herrero- si querés dirte, firmame otros veinte años de vida y plata a discreción.

El demonio hizo lo que le pedía Miseria, y este le dio permiso pa que se juera.

Otra vez el viejo, remosao y platudo, se golvió a correr mundo: terció con príncipes y manates, gastó plata como naides, tuvo trato con hijas de Reyes y de comerciantes juertes…

Pero los años, pa’l que se divierte, juyen pronto, de suerte que, cumplido el vegísimo, Miseria quiso dar fin cabal a su palabra y rumbió al pago de su herrería.

A todo esto Lilí, que era medio lenguaraz y alcahuete, había contao en los infiernos el encanto’e la silla.

-Hay que andar con ojo alerta -había dicho Lucifer-. Ese viejo está protegido y es ladino. Dos serán los que lo van a buscar al fin del trato.

Por esto jue que al apiarse en el rancho, Miseria vido que lo estaban esperando dos hombres, y uno de ellos era Lilí.

-Pasen adelante; sientensén -les dijo- mientras yo me lavo y me visto, pa dentrar al Infierno como es debido.

-Yo no me siento -dijo Lilí.

-Como quieran. Pueden pasar al patio y bajar unas nueces, que seguramente serán las mejores que habrán comido en su vida de Diablos.

Lilí no quiso saber nada pero, cuando se hallaron solos, su compañero le dijo que iba a dar una güelta por debajo de los nogales, a ver si podía recoger del suelo alguna nuez caída y probarla. Al rato no más golvió, diciendo que había hallao una yuntita y que, en comiéndolas, naide podía negar que jueran las más ricas del mundo.

Juntos se jueron p’adentro y comenzaron a buscar sin hallar nada.

Pa esto, al diablo amigo de Lilí se le había calentao la boca y dijo que se iba a subir a la planta, pa seguir pegándole al manjar. Lilí le alvirtió que había que desconfiar, pero el goloso no hizo caso y subió a los árboles, donde comenzó a tragar sin descanso, diciéndole de tiempo en tiempo:

-¡Cha que son güenas! ¡Cha que son güenas!

-Tirame unas cuantas -le gritó Lilí, de abajo.

-Allá va una -dijo el de arriba.

-Tirame otras cuantas -golvió a pedirle Lilí, ni bien se comió la primera.

-Estoy muy ocupao -le contestó el tragón-. Si querés más, subite al árbol.

Lilí, después de cavilar un rato se subió.

Cuando Miseria salió de la pieza y vido a los dos diablos en el nogal, le dentró una risa tremenda.

-Aquí estoy a su mandao -les gritó-.Vamos cuando ustedes gusten.

-Es que no nos podemoh’abajar -le contestaron los diablos, que estaban como pegaos a las ramas.

-Lindo -les dijo Miseria- entonces firmenmén otra vez el contrato, dándome otros veinte años de vida y plata a discreción.

Los diablos hicieron lo que Miseria les pedía y este les dio permiso pa que bajaran.

Miseria golvió a correr mundo y terció con gente copetuda y tiró plata y tuvo amores con damas de primera…

Pero los años dentraron a disparar, como endenantes, de suerte que al llegar el año vegísimo, Miseria, queriendo dar pago a su deuda, se acordó de la herrería en que había sufrido.

A todo esto, los diablos en el Infierno le habían contao a Lucifer lo sucedido y éste, enojadazo, les había dicho:

-¡Canejo! ¿No les previne de que anduvieran con esmero, porque ese hombre era por demás ladino? Esta güelta que viene, vamoh’a dir toditos a ver si se nos escapa.

Por esto jue que Miseria, al llegar a su rancho, vido más gente riunida que en una jugada’e taba. Pero esa gente, acomodada como un ejército, parecían estar a la orden de un mandón con corona. Miseria pensó que el mesmito Infierno se había mudao a su casa y llegó, mirando como pato el arriador, a esa pueblada de diablos. ‘Si escapo desta -se dijo- en fija que ya nunca la pierdo.’ Pero haciéndose el muy templao, preguntó a aquella gente:

-¿Quieren hablar conmigo?

-Sí -contestó juerte el de la corona.

-A usté -le retrucó Miseria- no le he firmao contrato nenguno, pa que venga tomando velas en este entierro.

-Pero me vah’a seguir -gritó el coronao-, porque yo soy el Ray de loh’Infiernos.

-¿Y quién me da el certificao? -alegó Miseria-. Si usté es lo que dice, ha de poder hacer de fijo, que todos los diablos dentren en su cuerpo y golverse una hormiga.

Otro hubiera desconfiao, pero dicen que a los malos los sabe perder la rabia y el orgullo, de modo que Lucifer, ciego de juror, dio un grito y en el momento mesmo, se pasó a la forma de una hormiga, que llevaba adentro a todos los demonios del Infierno.

Sin dilación, Miseria agarró el bichito que caminaba sobre los ladrillos del piso, lo metió en su tabaquera, se jue a la herrería, la colocó sobre el yunque y, con un martillo, se arrastró a pegarle con todita el alma, hasta que la camiseta se le empapó de sudor.

Entonces, se refrescó, se mudó y salió a pasiar por el pueblo.

¡Bien haiga, viejito sagás! Todos los días, colocaba la tabaquera sobre el yunque y le pegaba tamaña paliza, hasta empapar la camiseta, pa después salir a pasiar por el pueblo.

Y así se jueron los años.

Y resultó que ya en el pueblo, no hubo peleas, ni plaitos, ni alegaciones. Los maridos no las castigaban a las mujeres, ni las madres a los chicos. Tíos, primos y entenaos se entendían como Dios manda; no salía la viuda, ni el chancho; no se vían luces malas y los enfermos sanaron todos; los viejos no acababan de morirse y hasta los perros jueron virtuosos. Los vecinos se entendían bien, los baguales no corcoviaban más que de alegría y todo andaba como reló de rico. Qué, si ni había que baldiar los pozos por que toda agua era güena».

-¡Ahahá! -apoyé alegremente.

-Sí -arguyó mi padrino-, no te me andeh’apurando.

Ansina como no hay caminos sin repechos, no hay suerte sin desgracias, y vino a suceder que abogaos, procuradores, jueces de paz, curanderos, médicos y todos los que son autoridá y viven de la desgracia y vicios de la gente, comenzaron a ponerse charcones de hambre y jueron muriendo.

Y un día, asustaos, los que quedaban de esta morralla se endilgaron pa lo del Gobernador, a pedirle ayuda por lo que les sucedía. Y el Gobernador, que también dentraba en la partida de los castigaos, les dijo que nada podía remediar y les dio una plata del Estao, alvirtiéndoles que era la única vez que lo hacía, porque no era obligación del Gobierno el andarlos ayudando.

Pasaron unos meses y ya, los procuradores, jueces y otros bichos iban mermando por haber pasao los más a mejor vida, cuando uno dellos, el más pícaro, vino a maliciar la verdá y los invitó a todos a que golvieran a lo del Gobernador, dándoles promesa de que ganarían el plaito.

Así jue. Y cuando estuvieron frente al manate, el procurador le dijo a Sueselencia que todah’esas calamidades sucedían, porque el herrero Miseria tenía encerraos en su tabaquera a los Diablos del Infierno.

Sobre el pucho, el mandón lo mandó trair a Miseria y, en presencia de todos, le largó un discurso:

-¿Ahá, sos vos? ¡bonito andás poniendo al mundo con tus brujerías y encantos, viejo indino! Aurita vah’a dejar las cosas como estaban, sin meterte a redimir culpas ni castigar diablos. ¿No ves que siendo el mundo como es no puede pasarse del mal y que las leyes y lah’enfermedades y todos los que viven d’ellas, que son muchos, precisan de que los diablos anden por la tierra? En este mesmo momento vah’al trote y largas loh’Infiernos de tu tabaquera.

Miseria comprendió que el Gobernador tenía razón, confensó la verdá y jue pa su casa pa cumplir lo mandao.

Ya estaba por demás viejo y aburrido del mundo, de suerte que irse dél poco le importaba.

En su rancho, antes de largar los diablos, puso la tabaquera en el yunque, como era su costumbre, y por última vez le dio una güena sobada, hasta que la camiseta quedó empapada de sudor.

-¿Si yo los largo van a andar embromando por aquí? -les preguntó a los mandingas.

-No, no -gritaban éstos de adentro-. Larganos y te juramos no golver nunca por tu casa.

Entonces Miseria abrió la tabaquera y los lisenció pa que se jueran.

Salió la hormiguita y creció hasta ser el Malo. Comenzaron a brotar del cuerpo de Lucifer todos los demonios y redepente, en() un tropel, tomó esta diablada por esas calles de Dios, levantando una polvadera como nube’e tormenta.

Y aura viene el fin:

Ya Miseria estaba en las últimas humeadas del pucho, porque a todo cristiano le llega el momento de entregar la osamenta y él bastante la había usao.

Y Miseria, pensando hacerlo mejor, se jue a echar sobre sus jergas a esperar la muerte. Allá, en su piecita de pobre, se halló tan aburrido y desganao, que ni se levantaba siquiera pa comer ni tomar agua. Despacito no más se jue consumiendo, hasta que quedó duro y como secao por los años.

Y aura es que, en habiendo dejao el cuerpo pa los bichos, Miseria pensó lo que le quedaba por hacer y, sin dilación porque no era sonso, el hombre enderezó pa’l Cielo y después de un viaje largo, golpió en la puerta deste.

Cuantito se abrió la puerta, San Pedro y Miseria se reconocieron, pero al viejo pícaro no le convenían esos recuerdos y, haciéndose el chancho rengo, pidió permiso pa pasar.

-¡Hm! -dijo San Pedro-. Cuando yo estuve en tu herrería con Nuestro Señor, pa concederte tres gracias, te dije que pidieras el paraíso y vos me contestaste: ‘Callate viejo idiota’. Y no es que te la guarde, pero no puedo dejarte pasar aura, porque en habiéndote ofrecido tres veceh’el Cielo, vos te negaste a acetarlo.

Y como ahí no más el portero del Paraíso cerró la puerta, Miseria, pensando que de dos males hay que elegir el menos pior, rumbió pa’l Purgatorio a probar como andaría.

Pero amigo, allí le dijeron que sólo podían dentrar las almas destinadas al cielo y que como él nunca podría llegar a esa gloria, por haberla desnegao en la oportunidá, no podían guardarlo. Las penas eternas le tocaban cumplirlas en el Infierno.

Y Miseria enderezó al Infierno y golpió en la puerta, como antes golpiaba en la tabaquera sobre del yunque, haciendo llorar los diablos. Y le abrieron pero, qué rabia no le daría cuando se encontró cara a cara con el mesmo Lilí.

-¡Maldita mi suerte -gritó-, que andequiera he de tener conocidos!

Y Lilí, acordándose de las palizas, salió que quemaba, con la cola como bandera’e comisaría, y no paró hasta los pieses mesmo de Lucifer, al que contó quién estaba de visita.

Nunca los diablos se habían pegao tan tamaño susto y el mesmito Ray de los Infiernos, recordando también el rigor del martillo, se puso a gritar como gallina culeca, ordenando que cerraran bien toditas las puertas, no juera a dentrar semejante cachafaz.

Ahí quedó Miseria, sin dentrada a ningún lao porque ni en el cielo, ni en el Purgatorio, ni en el Infierno lo querían como socio y dicen que es por eso que, dende entonces, Miseria y Pobreza son cosas de este mundo y nunca se irán a otra parte, porque en ninguna quieren almitir su existencia.

 

Acerca de la miseria